Cuantas ocasiones hemos escuchamos a las madres decir “mi hijo no hace caso, me grita, sólo hace lo que él quiere, patalea, me avienta cosas”, o en los centros comerciales cuando percibimos gritos de los padres o jaloneos por no poder controlar el llanto o el enojo del niño etc. Lamentablemente muchos padres no saben cómo enfrentar este tipo de situaciones, y es ahí donde se cometen algunos errores a la hora de tratar de detener estos berrinches.
Debemos de saber que una rabieta o berrinche es una forma de expresar ira o enojo. Los berrinches o pataletas son comunes en los niños de 2 a 4 años y aunque son muy molestos, son parte de su desarrollo. Además, las rabietas son muy buenas oportunidades para enseñarles a los hijos la manera correcta de expresarse y comportarse. Hay que enseñarles a expresar sus sentimientos con palabras. Debemos enseñar a los niños que el enojo es normal, pero que debe ser manifestado en la forma apropiada.


Los berrinches en los niños usualmente se deben a la necesidad de independencia y la frustración de no saber expresar con claridad sus sentimientos y necesidades. Puede tratarse de necesidades físicas como cansancio o hambre, o de desarrollo, como dificultad para aprender algo nuevo o para expresar algún sentimiento. El conocimiento de las reacciones de los hijos puede ayudar a los padres a prevenir las situaciones de rabietas. Hay que ayudar a los niños a usar palabras para expresar lo que siente. Si empieza a quejarse y vemos que pronto hará una rabieta, recordarle que debe de decir lo que necesita o siente en vez de gritar y patalear.
Es importante saber detener el comportamiento pero no el sentimiento, tener en mente que está bien sentirse enojado, triste, con miedo, cualquier sentimiento es válido, pero no está bien herir a alguien (incluyendo al niño que sufre el berrinche) ni destruir objetos propios o ajenos. Los padres deben enseñar límites a los niños, sin violencia ni rigidez, pero sí con firmeza y coherencia. Los adultos deben ejercitar su paciencia en esta etapa, pero, a la vez, mantener la firmeza. Si uno de los padres pone un límite, éste debe ser sostenido y respaldado por el otro. Un niño con límites acaba sintiéndose más seguro y en paz. Por ello, los niños que sienten una conexión positiva con sus padres, que reciben orientación amorosa pero clara, son mucho menos propensos a desbordarse en rabietas y enojos intensos, evitemos un agresión verbal y física que aparte de marcar el cuerpo también quedará guardada en la mente y el corazón de su nuestros hijos.

¿Quieres dejar un comentario?